humanos contra perros

Publicado en agosto 11, 2012 por

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[Casi siempre se acusa a los perros de iniciar ataques inmotivados contra humanos. Pero muchas veces, estos ataques son provocados por agresiones humanas previas].

[Claudio Lísperguer] Como explicación de la ley en trámite que regula la tenencia de animales potencialmente peligrosos y crea un registro municipal de los dueños de estas mascotas, el senador Garía-Rubinot, de la Comisión de Hacienda del Senado, aducía que el país “se ha conmocionado frente a casos de perros que atacan a niños”. En realidad, los perros agresivos pueden atacar a cualquiera. Quizá es más probable que ataquen a niños, que son más torpes y pueden mostrar conductas que los perros pueden interpretar como agresiones, pero muchas víctimas son adultos.

Pero la pregunta que me deja inquieto es: ¿Cómo se interpretan estos ataques de perros? En los últimos días se ha puesto en boga explicar ciertas conductas animales por el instinto, después de que un tigre blanco del zoológico de Santiago atacara a un celador. ¿Actúan los perros por instinto? Si los perros atacaran por instinto, ¿cuál sería este? Muchos dirán que se trata de la defensa de lo que perciben como territorio, aunque incluso en esto los perros en realidad son enseñados a percibirlo. Habría, pues, un instinto territorial. Pero cuando un vecino compra un arma para defenderse de posibles ataques a su propiedad o a su familia, ¿decimos que se está armando por instinto, que su conducta –comprar armas- se explica por el instinto? El concepto de instinto inquieta, y en lugar de explicar, hace todo todavía más oscuro. Porque si el instinto fuera un impulso irrefrenable, una pulsión incontrolable, sea de defensa del territorio como de la satisfacción de necesidades apremiantes –alimentación, sexo-, la cantidad de ataques sería gigantesca –del orden de varias decenas o cientos de miles de ataques diarios en una población de más de un millón de perros. La teoría del instinto no explica por qué los perros no atacan siempre. En realidad, no atacan casi nunca. La teoría no explica por qué atacan a unos humanos y no a otros, ni siempre, y obstaculiza la investigación de las circunstancias que detonaron el ataque.
Hay que decir, primero, que la defensa del territorio no debe por qué terminar en agresiones incontrolables que puedan causar la muerte de las personas atacadas. Los perros pueden ser adiestrados para retener (sujetándoles las mangas, o los pantalones) a los invasores sin causarles ningún daño. Si los perros atacan y muerden y hieren o matan a los invasores del territorio, es simplemente porque sus dueños no han dejado su adiestramiento en manos profesionales. Se sabe que muchos dueños mantienen a los perros guardianes en un estado permanente de estrés (encadenándolos cuando no están trabajando, haciéndoles pasar hambre, golpeándoles sin motivo) en la creencia de que esos malos tratos los vuelven más agresivos y mejores guardianes. Detrás de un perro agresivo encontraremos muy probablemente a un dueño embrutecido, violento e insensible al que la vida de otros le importa un rábano. Su propiedad está por sobre todas las cosas. Si los perros empleados en funciones de vigilancia fuesen adiestrados por profesionales para que la defensa de la propiedad no terminara con personas muertas o heridas, los ataques con resultado de muerte o lesiones contra personas se reducirían enormemente.

Pero también hay un componente cultural en las circunstancias en que se producen agresiones. Muchos ataques nos parecen injustificados porque las personas agredidas se guardan de confesar las circunstancias precisas que los provocaron. Muchas personas, incluyendo niños, agreden (a patadas, a gritos, a escupitajos) a los perros de la calle que se les acercan. Pero cuando se les pregunta qué provocó el ataque, callan o mienten. Un funcionario contaba que había sido obligado a participar en el sacrificio de un perro que fue considerado agresivo. Lo había hecho con pesar, porque conocía las circunstancias del único ataque que presenció. La persona pasaba junto al árbol donde el perro solía ser encadenado por su dueño en la caseta y cada vez que pasaba, todos los días y sin provocación alguna, le pegaba una patada. Un buen día se olvidó el dueño de encadenarlo y cuando volvió el hombre a pasar por ahí y le dio una patada al perro, este lo atacó y mordió. Denunciado por la víctima como un ataque inmotivado, el dueño decidió sacrificarlo. ¿Cuántos perros no habrán corrido la misma suerte por la infamia y la cobardía de un humano?

Es común en zonas rurales ver este tipo de escenas: niños pateando o lanzando piedras contra los perros en la plaza o mujeres emperifolladas en el atrio pateando a los perros de la iglesia. La cultura campesina es tremendamente violenta, porque deriva su sustento de la esclavitud y sacrificio animal. Los niños crecen en un entorno dominado por la explotación y la violencia, donde el degüello de cerdos y la decapitación de gallinas son cosas de todos los días. Yo mismo, siendo niño, fui obligado a beber sangre de un cerdo cuyo sacrificio había también presenciado (fue colgado cabeza debajo de una viga y degollado y abierto en canal; la sangre recogida en un recipiente fue aliñada rápidamente y bebida por los participantes), con la explicación de que era bueno para la salud. No contentos con los maltratos cotidianos a que se somete a los animales, las personas de campo celebran su identidad en una fiesta en que se premia el maltrato del ganado y se aplaude y recompensa a los mejores torturadores –a los que mejor manejan el rebenque en las carreras a la chilena o a los que mejor hostigan y acosan a los animales en el rodeo.
En la cultura urbana también existe, obviamente, el maltrato animal. Ahí se encuentran formas institucionalizadas de crueldad, como los mataderos. Pero esas instalaciones están aisladas y ocultan su realidad al resto de la ciudad. Sin embargo, los niños suelen divertirse prendiendo fuego a los gatos por la cola, o encerrándolos en cajas de zapatos. Hace apenas unos días, unos niños ataron a unos cachorros a la vía férrea, causando que estos fueran mutilados por el tren. Pese a ello, no es una cultura tan imbuida en la cotidiana y ordinaria violencia que caracteriza a las culturas campesinas, en la que los maltratos forman parte del día a día de las familias.

Sería interesante conocer más detalles sobre los ataques de perros contra humanos. Normalmente en los partes policiales no se mencionan las circunstancias de los ataques y qué duda cabe que las víctimas, conscientes muchas veces de que golpear a los animales es un delito, pretenderán que estos ataques fueron inmotivados. En casos de denuncias de ataques de perros, los carabineros deberían indagar sobre las circunstancias precisas del ataque, pues tras la denuncia puede estar la intención de ocultar el delito de maltrato previo que precedió al ataque.
Pero es evidente que más allá de esto es necesario un cambio cultural que impida que los niños sean malcriados en un entorno donde la violencia contra los animales es considerada normal y hasta aprobada por madres y padres tan complacientes como brutos. En las campañas de tenencia responsable que se anuncian, los responsables deberían incluir enfáticamente cursillos que enseñen por qué es malo agredir a los animales y contribuir así a la construcción de una cultura que no fomente la crueldad.
[Foto viene del blog Stop Maltrato Animal].
lísperguer