perro muerto

Posted on febrero 11, 2011 por

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[Valparaíso, Chile] [Espeluznante relato de un encuentro tardío. A un humano atropellado no le trataría la gente de la misma manera. ¿O también?] Del blog de Daniel Labbé Yáñez:

Son las Nueve de la Noche de un Miércoles Que Podría Haber Sido Cualquiera si no es porque acabo de decidir que un perro de la calle sea sacrificado. “Fue la mejor opción: tenía la cadera dislocada y los intestinos reventados”, me ha dicho el veterinario, tartamudeando levemente frente a mis ojos húmedos y rojos… de rabia y vergüenza.Hace una hora y media antes me bajé de un colectivo en la Plaza O’Higgins de Valparaíso. Tenía que cruzar al terminal de buses, pero no quise hacerlo sin antes ver que un pequeño can, que a primera vista había sido levemente topado por una micro, se reincorporara.
Me acerqué y, por unos segundos (delirantes, pensaría después), le dí el favor de la duda a los tres carabineros que, bajo la lluvia, dirigían a un funcionario de Correos de Chile, Esval o Chilquinta, que creí intentaba ayudar. Besando el suelo, se esforzaba por alcanzar al aterrorizado perro que ahora se había escondido debajo de otra micro detenida.
De golpe -como con aquel combo cargado de rabia que a mis doce años y sin aviso me puso en un pómulo un esquizofrénico, con el que desgraciadamente me crucé en la calle- desperté. Con el mango de un paraguas que le acababa de pasar un paco que le gritaba como a un subalterno, el funcionario de Correos, Esval o Chilquinta conseguía sacar al perro. Luego de tres enfermizos golpes en su estómago, literalmente, lo enganchó y arrastró hacia él.
Los tres pacos se preocuparon de lo que en verdad los convocaba: reanudar el tránsito; el funcionario de recibir las felicitaciones de estos; la gente reunida en la vereda de por fin cruzar, putear al “desgraciado” que atropelló al perro y palmotearle la espalda al héroe.
El perro arrancó lo más rápido que le fue posible, con sus dos patas traseras queriendo llevarlo porfiadamente para el lado contrario al que apostaban las delanteras.
Lo encontré dos cuadras más allá, con la mitad del cuerpo metido en una poza, intentando subir a una vereda. Una persona que pasó por donde nos encontrábamos prometió avisarme si estaba abierta una clínica veterinaria cercana, a la que tuve que ir finalmente con el perro en brazos para saber que estaba cerrada.
Desde Santiago, Lorena consiguió las direcciones de otros lugares privados que a esa hora podían atender, pues para acceder a uno público que me ayudara debía esperar hasta el otro día.
El veterinario que me recibió en su consulta de Independencia con Francia sólo colaboró a empaparnos más de lo que un chaparrón consiguió, cuando me escupió los $8.000 que cobraba por sólo auscultar al a esa altura entregado perro. Fue el mismo que nos echó de la entrada de su consulta, cuando esperábamos que la lluvia se calmara.
Creo que el otro veterinario, el que finalmente debió sacrificarlo, leyó en mis ojos lo que habíamos pasado, aplicó criterio y compartió conmigo el costo de no permitir que muriera inevitablemente esa noche bajo la lluvia.
Caminé hacia el terminal tan empapado como se debe estar cuando una nube gorda ha decidido descargar sobre ti su llanto. Sólo consiguió temperarme por dentro el odio profundo y rabioso que le declaré al arte nacional de llenarse la boca, atragantarse y satisfacerse en un festín de dulces votos de solidaridad, para después mirar a un lado, pararse y correr indiferente y sin vergüenza frente a un “perro muerto”.
[Daniel Labbé Yáñez]
10 de febrero de 2011
cc chasquidelpuerto

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