terminemos con el circo con animales

Posted on diciembre 21, 2011 por

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[Un nuevo proyecto de ley prohíbe que los circos itinerantes trabajen con animales exóticos salvajes. Los partidarios de estos actos temen que con esta reforma el circo podría desaparecer. Pero no ocurrió cuando se prohibió que exhibiera humanos enanos o gigantes, mujeres barbudas y otros fenómenos. Muchos piensan, al contrario, que esta reforma ayudará al circo a adaptarse a la nueva sensibilidad. La persistencia del acto animal en un circo es derechamente aberrante.] Lo leímos en Los Angeles Times, y tradujimos:

[Jay Kirk] En 1882, P.T. Barnum pagó diez mil dólares por Jumbo, el elefante más famoso del mundo, lo encadenó como Houdini, lo metió en una jaula y lo embarcó para una travesía a través del océano hasta Nueva York. Barnum pagó poco por Jumbo porque el elefante estaba chiflado –algo que él no sabía, pero sí los cuidadores de Jumbo en el Zoológico de Londres.
Jumbo se había convertido en un riesgo tan grande que sus dueños habían empezado a temer por la seguridad de los numerosos niños que hacían paseos montados en su lomo. Entre los estudiantes que hacían esos paseos se encontraba el asmático Teddy Roosevelt, el que, quizás traumatizado por la experiencia, en una ocasión mató a cuatro elefantes en menos de cinco minutos durante un safari en territorio británico en África Oriental. (Dos de estas desafortunadas criaturas todavía posan para la eternidad en el Pabellón de Animales Africanos en el Museo Americano de Historia Natural.)
Jumbo quedó tan traumatizado por los viajes por mar, confinado en su jaula, que su domador tenía que emborracharlo. Debido a que la cerveza era parte de su dieta normal, hacer que el elefante bebiera algunos cubos de whiskey no era una tarea difícil. Tres años después de que fuera adquirido por Barnum, Jumbo murió en una colisión frontal con una locomotora fuera de horario. Quizás estaba ebrio. Espero que haya sido así. El accidente ocurrió mientras subían los animales a los vagones de carga para dirigirse a la siguiente ciudad. Un circo itinerante no es más que un dolor de cabeza. Especialmente cuando usas animales testarudos y poco fiables, como leones y elefantes. Dejados a la mano de Dios, simplemente se pasan el día holgazaneando.
Pero durante siglos los domadores de circo han ideado modos de someter a los animales salvajes. No de maneras muy agradables, usando instrumentos como la picana, látigos, tubos de metal y patadas en la cabeza, y la destrucción sistemática y total de su espíritu. Por supuesto, los domadores lo hacen porque saben que los resultados valen la pena por la diversión que entregan a niños y adultos. Han estado usando los mismos métodos –todos ellos, excepto la más reciente pistola eléctrica- al menos desde la época de Jumbo.
El adiestramiento de animales de circo es una tradición efectiva y antigua, si bien es cierto realizado en secreto, presumiblemente basado en la suposición de que es más divertido ver a un elefante ponerse un tocado o pararse de cabeza si no te apesadumbra el conocimiento de cómo llegó a aprender esas magníficas e innaturales habilidades. Pero ahora, todo eso puede cambiar. Con la Ley de Protección de Animales Exóticos Itinerantes [Traveling Exotic Animal Protection Act], o TEAPA, un proyecto de ley introducido en el Congreso en noviembre, se prohibirá que los circos itinerantes incluyan en sus actos a especies exóticas.
De escuchar a algunos partidarios de los actos de animales salvajes, en particular a los portavoces del circo Ringling Bros. and Barnum, uno podría pensar que lo que se ha propuesto es prohibir la infancia misma. Por supuesto, Ringling Bros., que tiene su sede en Viena, Virginia, no está nada de contento con que uno de los patrocinadores del proyecto, el representante James P. Morgan (demócrata de Virginia), le vaya a quitar trabajo a su propio electorado y al negocio de la familia que se remonta nada menos que a 141 años. Para usar la expresión favorita de Barnum, esto es una chorrada, pero volveré en un segundo a la cuestión del trabajo.
Primero, consideremos hace cuánto tiempo suspendió Ringling Bros. su desfile de monstruos. Sin embargo, de algún modo el circo sobrevivió. Por supuesto, si hace cien años alguien hubiera sugerido que la gente ya no tendría el privilegio de reírse de individuos nacidos con hormonas de crecimiento deficientes, o con taras genéticas, habría sido considerado tan improcedente como proponer que se prohibiera a los osos bailarines en Bulgaria. Tal como se han dado las cosas, sin embargo, incluso si se tratara de una descarada estratagema para humanizar su imagen y conseguir su admisión en la Unión Europea, uno debe ahora elogiar a Bulgaria: Sus osos ya no tienen que bailar sobre carbones ardientes.
De hecho, hay una larga lista de otros países –quitémonos el sombrero ante Bolivia, Austria, India, la República Checa, Dinamarca, Suecia, Portugal y Eslovaquia, entre otros- que han aprobado medidas para prohibir que los circos incluyan actos con animales salvajes. Otros países, incluyendo Gran Bretaña, Noruega y Brasil, están a punto de hacer lo mismo. Decenas de ciudades en Estados Unidos han prohibido los circos con animales.
Para ser claros, este proyecto no prohíbe los circos. La ley tampoco prohibirá que los circos trabajen con animales domésticos. ¿Es demasiado obvio señalar que los caniches bailarines son mucho más fáciles de adiestrar, y son menos peligrosos que los elefantes y los tigres de Bengala? Olvidemos, de momento, la atroz violencia que –aparentemente- se necesita para hacer que un animal salvaje realice actos circenses. Pensemos en el elefante que, en su hábitat natural, es una criatura en constante movimiento, que puede recorrer hasta veinticuatro kilómetros en una jornada. Luego capturemos a ese animal, confinémoslo en la parte trasera de un camión recalentado, hagámoslo recorrer la red interestatal de carreteras de Estados Unidos durante cincuenta semanas al año, con unos pocos momentos de caos, luces y aplausos, y luego obliguémoslo a pasar encadenado el restante 58 a 98 por ciento de su vida.
Un informe de Animal Defenders International, que ha realizado investigaciones encubiertas de los abusos en circos con animales y que está coordinando la campaña de base detrás de la TEAPA, dice que se han encontrado elefantes y otros animales confinados en sus transportes hasta diecinueve horas para viajes de cinco horas y media o menos. Por esto no podemos sorprendernos demasiado cuando nos enteramos de que a un elefante le ha dado un ataque de locura y ha matado a su domador o, peor todavía, que ha causado la muerte de un transeúnte inocente o de un niño, tragedias que han ocurrido en numerosas ocasiones.
Ed Stewart, uno de los fundadores de PAWS, un santuario de fauna silvestre en Galt, California, lo dijo mejor: “La gente toma su posesión más preciada, su hijo, lo entrega a un empleado de una feria, el empleado lo coge, lo pone encima del animal más peligroso del mundo y luego le das al empleado cinco dólares. Ni el elefante ni el empleado han pasado por un test de drogas”.
O, si te pareces a mí, encontrarás que el espectáculo de los animales en un circo es no solamente perturbador sino además bizarramente embarazoso. Tiene que ver con el conocimiento de que la única razón del sufrimiento de estos animales es que aprendan, admitámoslo, un conjunto bastante pobre de actos, especialmente cuando lo que realmente queremos ver es a los acróbatas y los trapecistas –los artistas pagados, lo que nos hace volver al tema de los empleos perdidos.
El hecho es que la mayoría de los empleados de circo trabajan en múltiples funciones. El domador de elefantes vende entradas y hace palomitas y ayuda a izar la carpa. Reformar el circo para que incluya solamente actos con artistas humanos sólo puede aumentar el empleo. Pensemos en el Cirque du Soleil y en el Circo Vargas. Ambos son más rentables, y me atrevería a decir más populares que el Ringling Bros. Y los actos humanos no cuestan nada a los contribuyentes a la hora de pagar las interminables inspecciones animales exigidas por la USDA, que ya ha dicho que no está en condiciones de llevar a cabo las inspecciones exigidas por la Ley de Bienestar Animal.
En conjunto, este proyecto podría ser la mejor noticia que los circos hayan oído en un largo tiempo. Y para el resto de nosotros, ya no nos sentiremos como monstruos por querer mirar. De este modo, todos podemos participar en el acto.
[Jay Kirk es autor del recién publicado ´Kingdom Under Glass: A Tale of Obsession, Adventure, and One Man´s Quest to Preserve the World´s Great Animals´.]
21 de diciembre de 2011
18 de diciembre de 2011
©los angeles times
cc traducción c. lísperguer