el perro maravilla

Posted on marzo 25, 2012 por

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[Estados Unidos] [La extraordinaria historia de un perro de terapia o servicio y un niño con el síndrome del alcoholismo fetal. Todos los perros, de todas las razas, pueden ser adiestrados para convertirse en perros de terapia.]

[Melissa Fay Greene] En mayo de 1999, Donnie Kanter Winokur, 43, escritora y productora multimedia, y su esposo, el rabí Harvey Winokur, 49, recibieron el hijo de sus sueños, el niño que la infertilidad les había negado. Andrey, un pálido niño de un año, de ojos negros, en un piyama de algodón, parado junto a un cuidador, aparecía en un corto video filmado en un orfelinato ruso. Si a la pareja le agradaba el niño, podrían empezar el proceso de adopción. A ambos les gustó mucho.
Cuatro meses después, los Winokur viajaron a Rusia desde su casa en Atlanta para adoptar a Andrey, al que volvieron a bautizar como Iyal, y para adoptar a una niña -no relacionada con Andrey- dos días más joven, a la que llamaron Morasha. Los cuatro aparecen en otro video en el orfelinato: los radiantes nuevos padres en el día más feliz de su vida, los infantes pasivos en brazos de extraños que los acarician y besan. En agosto de 1999, la familia llegó a casa, donde fueron recibidos con felicitaciones, regalos y globos.
“Después del tercer cumpleaños, nuestro maravilloso cuento de hadas de la adopción de los bebés rusos empezó a resquebrajarse”, dijo Donnie Winokur, que ahora tiene 55 años. De nariz respingona y esbelta, pelo castaño muy corto y labios fruncidos, con una expresión ácida suavizada por la experiencia. A diferencia de la inteligente y alegre Morasha, Iyal era conflictivo e impulsivo. Era un niño robusto y generoso, con un rostro amplio y claro, el pelo negro y brillante cortado a la taza y una seductora risita. Pero provocadas por la vista de una caricatura en un vaso de plástico, o por un encuentro con las muñecas Barbie de Morasha, sus pataletas hacían estremecer la casa. A la hora de la cena, comía desaforadamente, con una inexplicable urgencia. En un coche que avanzaba a toda velocidad, desenganchó el cinturón de seguridad y trató de saltar por la ventanilla. Despertaba enfurecido todas las noches. “Me daban ataques de pánico cuando lo sentía acercarse”, dijo. “Pensé que todo era culpa mía, que yo no era una madre suficientemente buena”. En el prescolar Iyal arrollaba con su triciclo a los otros niños, sin mostrar ningún remordimiento, o quizás tener conciencia de lo que hacía. Trataba de besar a desconocidos, o de tocarles los pies. Amigos y fieles (Harvey Winokur es el rabí fundador del Temple Kehillat Chaim en Roswell, Georgia), que habían reconfortado a los Winokur diciéndoles: “¡Así son los niños!”, o: “El mío era igual”, empezaron a guardar silencio. Era una preocupación que compartían.
El rabí lleva una barba cuidadosamente recortada, con gafas con montura de metal y expresión compasiva. “Las discapacidades de Iyal empezaron a definir la vida de nuestra familia”, me dijo.
El domingo en la mañana un verano, estábamos en una cocina de alto cielo raso en un suburbio de Atlanta; puertas corredizas de cristal daban a un escritorio de secoya lleno de flores y comederos de aves. Morasha, 13, bonita y deportiva, cogió su bolso para ir a la piscina con sus amigos; Iyal, 13, jugaba, solo, un videojuego en el cuarto, aunque controlando frecuente y ansiosamente si la tarta que estaba haciendo su madre ya salía del horno. Temprano ese mismo día, Morasha había jugado un videojuego con su hermano. Reinó la paz cuando, en un reinado imaginario, buscaron lado a lado un tesoro escondido. “¡Iyal, aprieta el botón verde! ¡Iyal, dirige la canoa!” Iyal obedeció. Pero fuera de este reinado virtual, no la escucha, especialmente cuando ella le suplica que la deje sola o que salga de su habitación. Es estresante para una niña adolescente hacerse camino por La secundaria con un hermano inepto, avanzando torpemente a través de los mismos pasillos, el objeto de burlas y ridículo.
Durante más de un año después del tercer cumpleaños de Iyal, psiquiatras de niños, pediatras y especialistas lo examinaron sin alcanzar un consenso. Finamente fue revisado por Alan G. Weintraub, pediatra especializado en desarrollo infantil, que observó su pequeña cabeza, los pequeños y separados ojos, los abundantes pliegues de la piel cerca de la nariz y la sección media de su cara parecía achatada. Cuando el niño se puso ansioso durante el examen, empezó a emitir sonidos animales y trató de escapar. Detectó temas espantosos en apacibles imágenes. La conclusión del doctor fue un golpe que los Winokur no habían previsto: el cerebro y el sistema nervioso central habían sido severamente dañados en el útero por el teratógeno de alcohol, que había resultado en una tara de nacimiento incurable. Aunque el consumo de alcohol por parte de la madre biológica de Iyal no pudo ser documentado, las evidencias disponibles indicaban el síndrome de alcoholismo fetal (SAF/F.A.S.), que es la forma más extensa de toda una gama de efectos conocidos como espectro de trastornos alcohólicos fetales (ETAF/F.A.S.D.)
Es un hecho bien conocido que el alcoholismo materno puede conducir a discapacidades neuroconductuales y de crecimiento en el feto, así como a deformaciones en la cara, paladar, articulaciones, riñones, genitales, corazón, cerebro y sistema nervioso. No existe un umbral seguro para el consumo de alcohol, de cualquier tipo y en cualquier cantidad, durante la preñez, de acuerdo a la doctora Jacquelyn Bertrand, del Centro Nacional sobre Defectos de Nacimiento y Discapacidades del Desarrollo [National Center on Birth Defects and Developmental Disabilities] de Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades. El director general de la salud pública de Estados Unidos llama a una abstinencia total. El CCP calcula que la prevalencia del SAF en Estados Unidos va de 0.2 a 1.5 niños de cada mil nacimientos, pero estos datos pueden representar principalmente a esos niños cuya dismorfia facial los hace reconocibles; el resto puede parecer físicamente normal, aunque padezcan daños neurológicos no detectados.
Es posible que hasta uno de cada cien niños nazca con algún grado de exposición al alcoholismo fetal. El trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), la discapacidad de aprendizaje y la enfermedad mental son apenas algunos de los trastornos resultantes que pueden ser diagnosticados. Los adultos que presentaron síntomas antes de la descripción del síndrome en la literatura médica en Estados Unidos en los años setenta pueden no haber recibido nunca un diagnóstico preciso.
Iyal Winokur estaba intelectualmente discapacitado y corría un alto riesgo de sufrir discapacidades secundarias, incluyendo la incapacidad de juzgar, conductas impulsivas, aislamiento social, limitados logros académicos, desempleo, abuso de drogas y alcohol, prisión, problemas de salud mental incluyendo ideas suicidas, incapacidad de vivir autónomamente y conductas sexuales inapropiadas. Se pueden recomendar muy pocos medicamentos o terapias que sean verdaderamente efectivas.
A los siete, ocho y nueve años, Iyal barbullaba a menudo, sin parar, un fluido de absurdas chácharas y balbuceo infantil. Exigía ayuda total en la escuela y la atención exclusiva de su madre en la casa. Donnie dejó de lado su carrera en la producción. Harvey empezó a hacer malabarismos para compatibilizar las necesidades de cientos de miembros de su congregación con los crecientes problemas en casa. Pero si sus amigos se preguntaban cómo habrían sido sus vidas si no hubiesen adoptado a Iyal, los Winokur habrían reaccionado horrorizados. “Es intolerable imaginar a nuestro hijo creciendo sin nosotros”, dice Donnie. “Nunca hemos considerado anular la adopción. Queremos a nuestro hijo”. Sin embargo, admite que “seguir queriéndolo ha sido más difícil. Las personas con lesiones cerebrales no pueden reciprocar el cariño en los modos que uno espera. Estás luchando contra todas estas emociones hacia tu hijo: amor, pero también rabia, desconcierto, resentimiento, frustración y ansiedad.”
Mientras Donnie encontraba su lugar en el universo paralelo de las familias con necesidades especiales, descubrió que una agencia de perros de servicio sin fines de lucro en el campo de Ohio ofrecía perros de terapia para niños autistas. ¿Podría un perro ayudar a Iyal?
“¿Me estás tomando el pelo?”, gritó su marido. “¡No necesitamos un perro!” Pensó que otro aullido más elevado debajo de su techo, otra criatura más pidiendo atención, una fuente más de conflicto entre los niños sería más de lo que podía soportar. “No, Donnie. Es demasiado. No podemos adoptarlo”.
“Podría ser la ayuda que necesitamos”, persistió.
“¿Un perro?”, dijo Harvey. “Olvídate. Es el perro o yo”.

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Karen Shirk dirige una escuela de adiestramiento canino en Xenia, Ohio, un hermoso pueblo antebellum dos veces arrasado por un tornado. En vaqueros holgados y una camiseta de hombre blanca, balanceándose marcadamente cuando camina, respirando a través de un botón de metal de un tubo de traqueotomía, me condujo a su oficina en la parte de atrás de un edificio de ladrillos que, en el pasado, fue la sede de V.F.W. Hall. Topamos con un tropel de extáticos Papillons –perros juguete cuyas anchas y sedosas orejas inspiraron el nombre de la raza, la palabra francesa para “mariposa”. Aunque ella se había retirado solo momentos antes, los pequeños perros se alegraron tanto como si hubiesen temido que nunca la volverían a ver: algunos saltaron dándose vueltas en el aire, otros se echaron a sus pies en el suelo, doblaron sus orejas y se contentaron con mirarla. Cuando ella se echó a reír, desenvolvieron sus orejas y las enrollaron.
Shirk se licenció de joven en trabajo social y consiguió un trabajo de tiempo completo con adultos con discapacidad cognitiva. Se sentía, dice, “despreocupada”, hasta el día en que colapsó con un malestar respiratorio y fue trasladada a toda velocidad al pabellón de emergencias. Hospitalizada durante meses, recibió un sombrío diagnóstico, a los veinticuatro, de miastenia grave, una rara enfermedad neuromuscular. Salió del hospital solo para convertirse en una paciente dependiente del respirador que requería constantes cuidados.
“¿Por qué no se consigue un perro de servicio?”, preguntó una nueva enfermera a Shirk, seis años después de detectados su síntomas. En actitud supina frente a la televisión, Shirk parecía inconsciente de la hora, día o mes. Un perro podía brindarle ayuda para su movilidad, dijo la enfermera, como abrir un cajón o traer calcetines limpios. Sospechaba que un perro podía llevar alegría a la vida de esta solitaria y triste paciente.
“¿Cómo voy a encargarme de un perro?”, dijo Shirk, áspera. “Ni siquiera me puedo cuidar a mí misma”.
“Claro que podría cuidar de un perro”, dijo la enfermera.
A principios de 1992, Shirk solicitó por correo a agencias de perros de servicio en todo el país. La rechazaron en todas partes. “No van a dar un perro a un individuo que depende de un respirador que no llevará nunca una vida productiva”, le dijo a la enfermera. Finalmente se hizo con un lugar en la parte de abajo de una lista de espera. En 1994 un adiestrador la visitó para prepararla para la llegada de un perro cobrador [Golden Retriever]. Shirk empezó a sentirse raramente esperanzada. Pero entonces la agencia le envió una carta, en lugar del perro: “Nuestras instrucciones prohíben la asignación de animales de servicio a personas con ventiladores”.
“Después de eso, no me importaba seguir viviendo”, me dijo, llevando la punta de su dedo al botón de metal en su garganta que le permite hablar, con una voz que es encantadoramente ronca. “Todo lo que podía ver era una larga y lenta muerte. Empecé a acumular morfina”.
“Karen”, dijo la enfermera. “Sal de la cama y vamos a buscar a un cachorro”.
Débilmente, se vistió en cama y se derrumbó en la silla de ruedas. La enfermera la llevó a ver una camada de cachorros de pastor alemán negros, la raza del perro de infancia de Shirk, y allí encontró a Ben. “Con Ben volví a vivir”, dijo. El cachorro debió ser sacado fuera, y seguir un curso de obediencia. Toda vez que jugueteaba, desconocidos saludaban a la mujer con los tubos en la silla de ruedas motorizada, cosa que no hacían cuando estaba sola. Fue una lección que Shirk no olvidaría.
Cuando Ben, de un año, terminó sus clases de cachorro, era un animal precioso, con un brillante pelaje negro azabache, ojos marrones con pintas naranjas y un rabo emplumado. No era un pensador complejo o un arreglador de entuertos. Pero era listo, y ella lo adoraba.
Compró una silla de ruedas adaptada e inscribió a Ben en una escuela de adiestramiento canino en Columbus, donde Jeremy Dulebohn, un hombre de corte americano del campo de Ohio, le enseñó a Ben lo básico del trabajo de movilidad: abrir y cerrar puertas y gavetas, pasar el monedero de Shirk a los dependientes de tiendas y devolverla con el cambio a su regazo, apuntalarla para darle equilibrio cuando pasaba de la cama a la silla de ruedas y viceversa, y sacarle los zapatos, calcetines y vaqueros a la hora de dormir. “Cuando le pedía agua, Ben abría la nevera y me traía una botella”, me contó. “Cuando pedía ropa, sacaba mis vaqueros limpios de la secadora, los ponía en la cesta y jalaba esta hasta mí”.
Los perros evolucionaron en al menos quince mil años para conocer y simpatizar con los humanos o, mejor que eso, tanto como nos conocemos y agradamos a nosotros mismos. Como muchos pastores alemanes, Ben era perro de una persona. Miró a Shirk atentamente cuando volvió a su departamento después de una operación a corazón abierto. “De día tenía una enfermera, pero por la noche me quedaba sola”, dice. “Yo estaba conectada a una bomba de morfina y había ingerido, sin que me diera cuenta, una combinación letal de fármacos. Perdí la conciencia”. Cuando sonó el teléfono, Ben esperó –como le habían enseñado a hacerlo- la orden de Shirk antes que dejarle el trabajo al contestador automático. Pero esa noche, viendo débil a su dueña, Ben cogió el auricular, lo puso sobre la cama y empezó a ladrar y ladrar. Era el padre de Shirk. Al darse cuenta de que algo andaba mal, su padre colgó y llamó al 911. El equipo de rescate dijo que Shirk no habría sobrevivido esa noche.
Con Ben a su lado, Shirk empezó a trabajar en una guardería para adultos con discapacidades cognitivas. Con más vigor y confianza en sí misma, con nuevos medicamentos que le permitían vivir sin ventilador durante el día, se preguntaba cuántas otras personas habían oído decir que eran “demasiado discapacitadas” para tener un perro. “Podría empezar mi propia agencia”, pensó. “Podría colocar cuatro o cinco perros al año con personas rechazadas por las grandes agencias”. Le contó su plan a sus colegas y casi inmediatamente conoció a una pareja que buscaba a un perro que ayudara a la movilidad de su hija de doce años, que se encontraba paralizada por un derrame cerebroespinal. Su impresión era que no había agencias de perros de servicio que trabajaran con niños.
Shirk estudió la Ley de Estadounidenses con Discapacidades que regula a los animales de servicio y no encontró nada que impidiera asignar a un perro a un niño si uno de los padres fungía como adiestrador. En octubre de 1998, convocó a una junta y fundó 4 Paws for Ability, una fundación sin fines de lucro. Rescató a Butler, un mestizo de pastor alemán, de un refugio; contrató a un adiestrador para prepararlo en trabajos de movilidad con un niño de doce años; y se convirtió en pionera de las agencias de perros de servicio. “La gente empezó a llamar para preguntar: ‘¿soy demasiado joven? ¿Soy demasiado viejo? ¿Estoy demasiado discapacitado? ¿No estoy lo suficientemente discapacitado?”, dice. “Les dije: si cree que su vida puede mejorar con un perro, y si usted y su familia pueden cuidar a un perro, yo le proporcionaré uno”.
Una pareja con un niño de diez años en el espectro de autismo, llamó a 4 Paws. Esto era un terreno nuevo. Asignar perros a adultos con “discapacidades invisibles”, como el trastorno de estrés post-traumático o la enfermedad convulsiva, era lo más revolucionario que había en el trabajo de los perros de servicio; no había sido tratado ampliamente con niños. Patches, un mestizo de sabueso de rescate, fue uno de los primeros perros adiestrados para ayudar a niños autistas.
En 2001, Dulebohn se incorporó a 4 Paws como director de adiestramiento. Hoy supervisa un creciente número de adiestradores, veterinarios, peluqueros y paseadores de perros. Los perros son una mezcla de perros de refugio, perros donados y cachorros criados en casa, y cada uno recibe quinientas horas de adiestramiento, mucho más que las 120 horas que son la norma en la industria. “Todas las razas pueden ser perros de servicio”, dice Dulebohn, que tiene 37 años, “pero, con el tiempo, descubrimos que casi el setenta por ciento de los labradores, cobradores y pastores terminaron nuestro programa, mientras que solo el dos por ciento de las otras razas terminaron bien el programa”. Cuesta veintidós mil dólares adiestrar a un perro de 4 Paws; se pide a los clientes que contribuyan con trece mil dólares a la organización, y la diferencia la cubren instituciones benéficas y subvenciones. Hasta la fecha, 4 Paws ha asignado a más de seiscientos perros.
Para la socialización, Dulebohn trabaja con cachorros adoptados por familias de la localidad, y para su adiestramiento en obediencia básica, los asigna a reos especialmente elegidos en prisiones regionales. “Asesinos convictos lloran cuando deben entregar los perros a los niños”, dice Shirk. “Pero les damos otros”. Debido a que la mayoría de los perros de 4 Paws son asignados a niños –y los niños quieren compañeros de juego más que terapeutas y rastreadores-, Dulebohn pide a los reos que enseñen algunos trucos a sus cachorros, como “Date vuelta”, “Dime”, “Dame la mano” y “Hazte el muerto”.
“Aprendí con Ben que un perro te ayuda a hacer amigos”, dice Shirk. “Preparamos a los perros para niños en sillas de ruedas, niños con ventiladores, niños con autismo, niños con enanismo, niños con enfermedad convulsiva y discapacidades cognitivas; pero si tu perro hace trucos, otros niños querrán conocerte. Los niños ignorarán tu discapacidad si tienes un perro chévere”.
Un reo con sentido del humor devolvió un perro que, al oír la orden “Hazte el muerto”, se tambaleaba como si le hubieran disparado, daba tumbos por el suelo, se agachaba, se levantaba, se retorcía, aullaba lastimeramente y luego, dramáticamente, se desplomaba.
Perro chévere. Niño afortunado.

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En 2007, llamó a 4 Paws, desde Atlanta, la madre de un niño con necesidades especiales. Los doctores de Iyal Winokur habían tratado diferentes medicaciones, sin ningún éxito duradero. Iyal tenía nueve años. Tenía un IQ de ochenta, y decreciente. Su lenguaje era primitivo. Se obsesionaba con ideas bizarras y las repetía una y otra vez. Todavía sufría horrorosas pesadillas y mojaba la cama. A veces Iyal tocaba la blusa de su madre, se olía los dedos y trataba de quitarse el olor. Conscientes de que la mayoría de las personas que vivían con el síndrome de alcoholismo fetal también eran afectados por enfermedades mentales, sus padres temían una inminente esquizofrenia o psicosis.
“¿Tienen perros para niños con el síndrome de alcoholismo fetal?”, preguntó la madre a Shirk.
“Nunca he oído nada sobre eso”.
Donnie Winokur, que para entonces había fundado el capítulo de Georgia de la Organización Nacional en Síndrome de Alcoholismo Fetal, explicó con rápida y precisa dicción.
“¿Es probable que su hijo maltrate verbalmente a un perro?”, preguntó Shirk.
“Sí”, tuvo que admitir Donnie, a menor velocidad.
“¿Es probable que trate de agredirlo físicamente?”
“No es imposible”, dijo, segura de que sería rechazada.
“Está bien”, dijo Shirk. “Necesitamos una receta médica y un video. Queremos ver a su hijo todos los días, en todas partes: levantándose en la mañana, tomando desayuno, subiéndose al coche, en la escuela, a la hora de dormir. Tenemos que oír sus ruidos y ver sus pataletas”.
“¿Nos dará usted un perro?”, exclamó Donnie.
Esa noche en casa, Harvey también xclamó. “¿Miles de dólares por un perro?”, gritó. “¿En lugar de una niñera, o de un programa de asistencia de respiro, o una escuela particular? ¿Tiene sentido eso? Un perro no significará nada para Iyal”.
“Podría significar mucho”.
“¿Estás hablando de un perro con un chaleco como un lazarillo? Será embarazoso salir a la calle de esa manera”.
“Ya es embarazoso salir con Iyal, especialmente para Morasha”.
“Pero un perro con chaleco lo hará verse como discapacitado”.
“Un perro con chaleco le dirá a la gente que él se comporta así porque está viviendo con una discapacidad”.
Lo cansó. Él la amaba, confiaba en su juicio y sabía que no se iba a rendir.

4
En enero de 2008, Donnie, su padre, su primo y sus hijos viajaron hasta Xenia para un curso de diez días con otras familias con necesidades especiales y sus nuevos perros. En el estacionamiento de 4 Paws los padres cargaron, persuadieron, arrastraron, empujaron, persiguieron y entraron con sus hijos en sillas de ruedas por la puerta principal. Un círculo de raídos y hundidos sofás cama y sillas deportivas de lona rodeaban una zona de adiestramiento en el ex centro comunitario V.F.W. En un cuarto interior, jaulas y caniles contenían perros de todas las edades y tamaños –hay siempre doscientos perros en adiestramiento- mientras paseadores de perros, veterinarios y peluqueros entraban y salían por una puerta lateral. El edificio olía flagrantemente a perro, con matices de amoníaco.
Para los niños con autismo o trastornos de la conducta, los perros eran adiestrados en “conductas peligrosas”. Para niños con enfermedades convulsivas o diabetes o dificultades respiratorias, los perros son adiestrados para avisar a los padres ante la inminencia de un ataque, y algunos han sido capaces de predecir incidentes médicos con seis a veinticuatro horas de antelación. (Cómo lo hacen sigue siendo un misterio).
“Los perros no emiten juicios”, dice Dulebohn en todos los cursos. “¿Tiene un hijo que está metiéndose los dedos en la nariz? El perro no está pensando. Eso es asqueroso. El perro está pensando: ¡Deja uno para mí! O su hijo ha desaparecido y usted dice: ‘Encuentra a Jeffrey’. El perro no está pensando: ¡Jeffrey está en peligro! El perro piensa: ¡Empezó el juego!”
Cerca del diez por ciento de las asignaciones de 4 Paws fracasan. “Algunos fracasan porque los padres no están preparados para manejar todo el trabajo extra que significa un perro”, dice Shirk. “Apenas pueden salir a la calle con sus hijos con necesidades especiales. Agregar un perro es abrumador”. Otros fracasan porque no hacen migas. El video de la familia puede no haber reflejado la gravedad de la conducta. “Un niño se ve simpático en el video, así que le asignamos un perro suave”, dice Shirk. “Entonces las violentas reacciones del niño asustan al perro, que empieza a evitar al niño”. Dulebohn y Shirk tratan de desalentar a clientes que muestran el síndrome de Lassie: la creencia de que un perro dedicado, sensible y brillante entrará a sus vidas a hacer que todos se sientan mejor.
Sin embargo, a veces eso es lo que sus familias reciben.

5
Dulebohn asignó a Iyal un perro llamado Chancer, un enorme y simpático cobrador con una “alta autoestima” que no se dejaría agredir ni insultar por el niño. Originalmente, Chancer fue comprado cachorro en el criadero de perros Mervar en Youngstown por una familia que perdió interés en él. Lo devolvieron al cabo de un año con sobrepeso, lleno de greñas, indisciplinado y solitario. Sabiendo que 4 Paws había asignado exitosamente a perros del criadero en el pasado, Judy Mervar donó a Chancer. Como todos los perros de 4 Paws, había mostrado afabilidad y afecto en el curso de su adiestramiento, pero no le ofrecieron una amistad humana de largo plazo. “Una vez que los perros han sido asignados a familias, los acariciamos y queremos, pero no les damos un cariño muy intenso”, dice Shirk. “No los llevamos a casa con nosotros por la noche. Todos los perros anhelan esa cercanía pero queremos que la encuentren con sus familias, no con nuestro personal”. Chancer no sabía lo que se estaba perdiendo, pero sí sus adiestradores. “Chancer”, dijo Dulebohn, “necesita un niño”.
El deseo profundamente enraizado de los perros de asociarse a humanos surgió cuando fue introducido a los Winokur. Un gigante peludo y leonado, Chancer jadeaba y movía el rabo de placer. Algo similar prendió también en el lado humano. Morasha se dejó caer sobre sus rodillas y abrazó a Chancer por el cuello. Donnie quería hacer lo mismo. “Hola, hola, hola niño”, susurró, acariciando su amplia y hermosa cabeza. Iyal se interesó brevemente, pero luego se alejó.
Atravesaban momentos difíciles con Iyal. Montaba tremendas pataletas todos los días, y también lo hizo aquí. “Lo lamento”, dijo Donnie, mortificada, incapaz de contener al explosivo niño del círculo de adiestramiento la primera mañana. Pero estaban entre amigos; padres con necesidades especiales, todos esperaron pacientemente a que Iyal se calmara. Desgraciadamente, durante la pausa del almuerzo en la ciudad, Iyal volvió a perder el control en un Wendy. Se cruzó de brazos, se sentó violentamente y se puso a berrear. Los conductores atascados miraron a Donnie con menos empatía que los padres de 4 Paws. “Iyal necesita realmente un perro”, dijo Shirk.
Al término del segundo día, las familias fueron invitadas a pasar la noche, por primera vez, con los perros. En el hotel, el primo de Donnie sacó a pasear a Chancer, mientras Donnie supervisaba a Iyal y Morasha en un jacuzzi en el área de la piscina interior. “Cuando volvieron del paseo”, dijo, “Chancer miró a su alrededor, se soltó y echó a correr. Yo pensé: “Dios mío, está escapando. Lo vamos a perder. Chancer corrió a toda velocidad hacia el solario y saltó al jacuzzi. ¡Estaba salvando a Iyal!”
Chancer no había sido adiestrado para rescates en el agua. Por qué saltó innecesariamente en el jacuzzi es difícil de saber. Shirk piensa que después de 36 horas, Chancer se había conectado con Iyal. Sin embargo, el reverso podía no ser verdad todavía. Parte del daño que provoca el alcohol en el cerebro de un niño es mezclar las rutas emocionales. Las rutas hacia la amistad, la diversión, la intimidad y el amor están subdesarrolladas o sepultadas bajo obstáculos cognitivos. Pero el estallido de risa de Iyal cuando vio al enorme perro amarillo saltar en el aire y caer torpemente en el jacuzzi, fue el sonido más grandioso que su madre había oído de él durante mucho tiempo.

6
La mañana después de la primera noche de Chancer en la casa en las afueras de Atlanta, los Winokur despertaron después de dormir por primera vez toda la noche desde 1999. Se miraron con horror: ¿Iyal estaba todavía vivo? Lo encontraron dormitando junto al perro amarillo que ocupaba todo el colchón. Desde la llegada de Chancer a la casa, rara vez han vuelto a ser perturbados durante la noche. Iyal todavía despierta, pero evidentemente se siente reconfortado por la presencia del perro y sigue durmiendo.
“Desde el momento que entró a casa con Chancer, supe que algo había cambiado”, dice Harvey. “Lo sentí de inmediato, el magnetismo entre Iyal y el perro… Chancer era un ancla emocional y física para un niño que estaba perdido en el mundo”.
Cuando Iyal está estresado, Chancer también lo está. A diferencia de Iyal, Chancer sabe qué hacer. Iyal se enfurece y cruza los brazos, se deja caer violentamente en el suelo y empieza a gritar y a dar patadas. Chancer separa sus brazos metiendo por abajo su ancho morro entre sus brazos cruzados, abriéndolos y hocicando la cara de Iyal, lamiéndolo y baboseándolo hasta que el niño se echa a llorar de remordimiento o ríe.
A veces Chancer desvía las rabietas antes de que estallen. Si un tutor o terapeuta trabaja demasiado tiempo con Iyal en el recibidor, Chancer se mete entre el visitante y el niño, transmitiendo claramente que la sesión ha terminado por hoy. A dos plantas de distancia, se mantiene alerta, moviendo sus orejas, afinando el oído. Cuando siente que Iyal se acerca a su punto de quiebre, se echa a correr escaleras arriba o abajo para encontrarse con él, arremetiendo juguetonamente contra él con su cabeza y empujándolo al suelo, se pone encima de él, se estira y se relaja con un gruñido de satisfacción. Inmovilizado bajo el peso de Chancer, Iyal resiste, chilla y luego también se relaja. El perrote yace encima del niño que adora, y lo aísla del vertiginoso e incomprensible mundo, por un momento.
Cuando le pregunté a Dulebohn sobre la sobrenatural sensibilidad de Chancer, dijo: “Adiestramos a Chancer para interrumpir pataletas. Ser capaz de impedir una pataleta proviene de un sutil adiestramiento dentro de la familia. Puede estar leyendo el lenguaje corporal o las expresiones faciales de Donnie, o puede estar oliendo algún cambio químico en Iyal o estar oyendo ruidos que predicen una rabieta. Se siente recompensado cuando Iyal recobra la calma”.
Donnie dice: “Últimamente, lo mejor es que si Iyal se estresa, Chancer lo busca y se echa a su lado. Iyal coge la gran pata de Chancer y se pone debajo”. Es lo más cerca que ha llegado a alguna forma de autocontrol.

7
Dos semanas después de la llegada de Chancer, Iyal sorprendió a sus padres usando palabras de varias sílabas. Repentinamente tenía opiniones, juicios y preguntas importantes, y se expresaba.
“A.Ch., Antes de Chancer”, dice Donnie. “Así es como nos referimos a nuestra vida de entonces, cuando Iyal repetía todo lo que decía Morasha, palabra por palabra. La volvía loca. En las mañanas le preguntaba: “¿Quieres llevar el almuerzo o prefieres almorzar en la escuela? Y todas las mañanas Iyal repetía como loro las palabras de Morasha. Si ella decía: ‘Escuela’, él decía lo mismo. Con su lóbulo frontal dañado, tomar decisiones como esas era muy difícil para él. Una mañana, D.Ch. [Después de Chancer], cuando le pregunté dónde quería almorzar, Morasha dijo: ‘En la escuela’. Iyal dijo: ‘Prefiero almorzar en casa que en la escuela’. Fue la expresión más sofisticada de sus pensamientos que habíamos oído.
“A.Ch., en el coche con Iyal, si tomaba una ruta poco conocida, me decía: ‘¿Qué pasó?’ D.Ch., al ver que tomaba una vuelta equivocada, Iyal me preguntó: ‘¿Te distrajo Chancer y es por eso que tomaste la calle equivocada? Eso demostraba comprensión de la relación entre causa y efecto, y un alto nivel de elección de palabras.
“A.Ch., Iyal no mencionaba nunca su discapacidad, aunque le hemos informado sobre ella. D.Ch. empezó repentinamente a preguntar cosas como: ‘¿La madre biológica de Chancer bebía alcohol?’ y ‘¿Tiene Chancer un chichón en su cerebro?’ y ‘¿Por qué bebía alcohol mi madre biológica?’”
Antes de Chancer, Iyal no parecía poseer ninguna “teoría de la mente”, el conocimiento que se tiene usualmente a los cuatro años de que otras personas tienen opiniones diferentes a las tuyas. Pero Chancer le inspiraba a pensar sobre lo que le gustaba al perro y en lo que le gustaba y qué pensaba. Sólo desde la llegada de Chancer ha mostrado Iyal timidez o pesar después de una rabieta, indicando una nueva conciencia de que sus pataletas pueden afectar a otros. “¿Está Chancer enfadado conmigo?”, pregunta a sus padres. “Mami, dile a Chancer que lo quiero, ¿O.K.?”
“El lado triste de la teoría de la mente”, dice Donnie, “es que Iyal tiene un miedo mortal a que si se porta mal, Chancer preferirá ser el perro de otro. Estábamos en el parque y me dijo que Chancer le estaba sonriendo a otro niño y que quería ser su perro”.
La ciencia detrás de los lapsos cognitivos de Iyal está todavía en su infancia. Alan M. Beck, director del Centro para el Vínculo Humano-Animal en la Facultad de Medicina Veterinaria de la Universidad de Purdue, es uno de los que han sido intrigados por la enfermedad. “Existe un vínculo real entre niños y animales”, me dijo. “Mientras más joven el niño, más grande la suspensión de la incredulidad acerca de lo que un animal entiende”. De acuerdo a Beck, más del setenta por ciento de los niños confían en sus perros, y el 48 por ciento de los adultos. “Las respuestas sin la operación de ningún juicio de valor de parte de los animales son especialmente importantes para los niños”, dice. “Si su hijo tiene F.A.S.D. y empieza a comportarse mal, tu cara puede mostrar desaprobación, pero el perro no muestra desaprobación. La ansiedad en cuanto a su conducta que puede sentir un niño desaparece cuando está con su perro. Repentinamente se relaja, está con un amigo que no lo critica”.
La hipótesis es que el repentino bajón en el nivel de ansiedad de Iyal –la repentina reducción de su hipervigilancia, la disminución de su nivel de cortisol y la cautivadora fisiología de lucha o huida- libera energía cognitiva que puede usar para pensar y hablar. “Un niño con discapacidades se siente más libre para no reprimir sus ideas y conductas cuando está con su perro”, dice Beck. “Hay un nivel de confianza y confidencialidad que no tiene con nadie más. Y es una buena opción: el perro es su verdadero confidente y amigo”.

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Chancer no ha curado todavía a Iyal.
“Desde que despierta en la mañana, hay tensión en la casa”, dice Donnie. “Tiene daños neurológicos y psicológicos a los que Chancer no puede llegar. Pero Chancer mitiga su discapacidad. Es como tener una niñera”.
El otoño pasado la familia Winokur luchaba con la probabilidad de que Iyal estuviera siendo víctima de matones en la escuela secundaria. “Unos chicos me dijeron que me cepillara una silla”, le contó a su madre y a su psiquiatra al cabo de unos días en el octavo.
“¿Cepillarse una silla?”, dijo Donnie. “No estoy segura de lo que significa eso”.
Iyal se levantó para mostrarle cómo.
“Mire a Chancer”, murmuró la psiquiatra a Donnie. Mientras Iyal luchaba provocativamente con una silla, Chancer se levantó, estresado. Gimiendo, trató de bloquear los pulmones de Iyal.
Otro día un consternado Iyal contó a sus padres que los niños le dijeron: “Besa a ese chico o colgaremos a tu perro”.
“Este es un clásico escenario para personas con discapacidad de juicio”, dice Donnie. “Corren el riesgo de ser explotados criminal y sexualmente. Pueden ser víctimas y perpetradores”. Tampoco es un caso de intimidación típica. “Iyal puede haber perseguido a esos chicos”, dice Donnie. “Quiere tener amigos, desesperadamente. No entiende los espacios personales ni la distancia social. Puede haber estado fastidiándolos, y ellos reaccionaron”.
El director de la escuela mostró una instantánea empatía; miembros del personal hablaron con los otros niños. “Pero Iyal sigue hablando sobre el episodio”, dice Donnie. “Para Harvey y yo es difícil saber si todavía hay instancias de intimidación o si Iyal se ha obsesionado con el trauma. En su mente, el pasado, el presente y el futuro se confunden”.
Chancer no acompaña a Iyal a la escuela porque el niño no puede tomar las riendas como el adiestrador de Chancer. “Ni siquiera puede sacarlo a dar una vuelta a la manzana”, dice Donnie. “Podría soltar la correa, y Chancer podría interpretarlo como un permiso para rastrear una hamburguesa. Chancer es un sorprendente perro de servicio, pero es un perro y le encanta la carne”.
Si Iyal le ordenara a Chancer hacer algo malo o peligroso, o se uniera a él en conductas imprudentes, ¿reconocería Chancer que están haciendo algo prohibido? ¿Le desobedecería a Iyal? “Cuando un perro se pone un chaleco, cambia su persona”, dice Donnie. “Sabe que está trabajando. En el mundo de los perros de servicio, lo llaman el efecto halo. Los perros lazarillos son adiestrados en ‘desobediencia inteligente’ para hacer frente a situaciones peligrosas, por ejemplo con el tráfico en la calle. Pero no sé si un perro puede distinguir entre el bien y el mal”.
Con cada año que pasa, las amenazas a la seguridad de Iyal y al bienestar de aquellos a su alrededor, se multiplican. Los intentos de Iyal de tocar inapropiadamente a su madre están aumentando; los Winokur temen que el director de la escuela los llame pronto, antes que al revés. “Harvey y yo nos sentimos como si estuviéramos sentados encima de un volcán”, dice Donnie. “Iyal es un chico de trece años que funciona a nivel cognitivo, emocional y social como uno de ocho. La brecha sigue ampliándose. Nunca estará al mismo nivel que su edad cronológica. Y pocos desconocidos perciben la diferencia entre ‘insuficiencia neurológica’ y ‘desobediencia,’ en otras palabras, que Iyal está haciendo lo mejor que puede”.
Iyal no conducirá nunca. Nunca tendrá un trabajo normal. No entiende lo que es el dinero o el tiempo. Los expertos dicen que la transición de la adolescencia a la adultez es particularmente difícil para personas con el espectro de trastorno de alcoholismo fetal. Y Chancer no estará con él toda la vida. Mientras vivan, los Winokur esperan asegurarse de que haya un perro de 4 Paws a su lado; de momento, no pueden imaginar su vida sin Chancer.
Chancer no sabe que Iyal está discapacitado cognitivamente. Lo que sabe es que Iyal es su niño. Chancer ama a Iyal de modo perfecto, con un amor incondicional más allá de lo que le puede ofrecer su familia. Chancer no se siente nunca decepcionado ni avergonzado por Iyal. Más allá de la capacidad o discapacidad cognitiva, más allá de las predicciones de un futuro brillante o deprimente, en una cancha de hierba o de tierra apisonada, entre el patio de recreo y el diamante de béisbol, los puedes ver a veces, a los dos, corriendo, riéndose a más no poder, compartiendo un momento de enorme felicidad, simplemente un niño y su perro.
[Melissa Fay Greene es la autora de ‘No Biking in the House Without a Helmet’.]
25 de marzo de 2012
8 de marzo de 2012
5 de febrero de 2012
©new york times
cc traducción c. lísperguer