costes humanos del sufrimiento animal

Posted on abril 15, 2012 por

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[Nuestra ignorancia de cómo se sacrifica a los animales en el matadero protege a consumidores, y crecientemente a trabajadores, de la visión de las escenas más crueles del sacrificio animal. La industria hace lo posible por ocultar el proceso.] Lo leímos en The New York Times, y tradujimos:

[Mark Bittman] Hasta hace un par de años, yo creía que la principal razón por la que comer menos carne estaba relacionada con la salud y el medioambiente, y no hay ninguna duda de que estas son razones válidas. Pero desde entonces el bienestar animal ha ocupado una gran parte de mi pensamiento. Y digo esto como alguien que no es conocido entre sus amigos como un amante de los animales.
Si queremos vivir en un planeta no muy deteriorado, y queremos vivir aquí de una manera que tampoco esté muy dañada, lo mejor es comer menos carne. Pero si también queremos tener una psique no muy dañada, tenemos que examinar la manera en que tratamos a los animales y empezar a cambiar.
Podemos empezar reconociendo el hecho de que nuestro sistema es industrializado. Y por horrible que suene esa palabra –“industrializado”-, cuando se aplica a lo que antes llamábamos cría de animales de granja es un término preciso. Aquellos que no lo han visto, o creen que es un mito perpetrado por PETA, deberían leer ‘Every Twelve Seconds: Industrialized Slaughter and the Politics of Sight’, publicado recientemente por Timothy Pachirat. (Esta no es una reseña, pero el libro está estupendamente escrito, especialmente si se considera lo sombrío de la materia.)
Podrías pensar que “cada doce segundos” se refiere a la frecuencia con que sacrificamos animales, pero te darás cuenta de inmediato que eso es imposible: procesamos más de nueve mil millones de animales al año, es decir, cientos por segundo. Los doce segundos es la frecuencia con que el matadero de Omaha, donde Pachirat trabajó durante cinco meses, sacrificaba reses, un total de cerca de dos mil quinientas al día.
Pachirat, al que entrevisté por teléfono esta semana, aceptó el trabajo no como activista por los derechos animales sino como estudiante doctoral de ciencias políticas tratando de entender la normalización de la violencia. Como otros, concluyó que nuestro aislamiento del sacrificio nos permite tolerar prácticas inimaginablemente crueles simplemente porque no las vemos. Pero Pachirat enfatiza que no somos solo nosotros –los consumidores- los que estamos aislados del sacrificio, sino también los trabajadores: en su planta sólo siete personas –de las ochocientas- trabajaron directamente con ganado vivo, y sólo cuatro en el sacrificio.
No es que los otros trabajadores lo tengan más fácil: ‘Cada doce segundos’ echa por tierra toda creencia que hubieras podido tener de que el sistema trataba a los animales con una pizca de decencia. “El mero volumen, la escala y la tasa de sacrificio”, me dijo Pachirat, “el modo en que los animales forman un continuo antes que criaturas individuales, deja en claro que los animales son vistos como materia prima. Las reses son llamadas “carne” incluso cuando están vivas, y eso no solamente protege a la gente contra el conocimiento de lo que están haciendo y de lo que le están haciendo a seres sintientes, sino es también un reflejo nítido del proceso mismo”.
Nuestro reclamo del derecho a tratar a los animales como tratamos el hierro o la madera o las puertas del coche –los tratamos como trastos- no es canibalismo, pero es difícilmente consistente con nuestra devoción hacia las mascotas.
Los carnívoros pueden decir que esto es de algún modo justificable, porque “necesitamos” comer carne –excepto gatos, perros y pescaditos de colores- para vivir. E incluso aunque no lo hacemos (de hecho, hay crecientes evidencias de que demasiada carne es perjudicial), tenemos más de dos millones de años de tradición para señalar que tenemos cuerpos que procesan carne e incluso prosperan con limitadas cantidades de esta y que estamos tan obsesionados con comer carne animal que la mayoría de nosotros no nos privaremos de ella en ningún plazo previsible.
Nada de lo cual justifica los atroces maltratos. (Sí, amigos veganos, creo que matar animales es maltrato, punto. Esta ambivalencia, o hipocresía si se prefiere, es un enigma para todos los ambivalentes o hipócritas omnívoros o flexitarianos, y la escala es un tema.) Ese maltrato debe primero ser reconocido para que podamos aliviarlo.
Y eso reconocimiento está por ocurrir. El encanto –y el hábito- de comer carne puede ser demasiado fuerte para que algunos de nosotros podamos renunciar a ella, pero reconocer sus consecuencias es un paso hacia un punto medio donde continuemos comiendo animales pero cambiamos ese privilegio (porque eso es lo que es) por un sistema en que comemos menos carne y tratamos mejor a los animales y que permite que nuestros hijos tomen decisiones más humanas. Porque una vez que aceptamos que los animales de granja son capaces de sufrir (ochenta por ciento de los estadounidenses creen que esto es verdad), empezaremos a preguntarnos qué habrán hecho para merecer esos castigos.
Las historias más conocidas sobre la agricultura industrial representan las excepciones que confirman la regla: la inusual tortura de animales por individuos perversos en operaciones ilegales. Pero la tortura es inherente a la rutina de tratar a los animales como trastos, y el sistema mismo es perverso. Lo que hace que ‘Cada doce segundos’ sea diferente de (por ejemplo) un folleto de Mercy for Animals, dice Pachirat, es que “las experiencias de todos los días producen invisibilidad. La agricultura industrializada perpetúa el ocultamiento en todos los niveles del proceso, y antes que concentrarnos en los ejemplos escandalosos deberíamos concentrarnos en el sistema mismo”.
En ese punto podríamos reconocer finalmente que criar, matar y comer animales debe ocurrir de otro modo. Cuando los omnívoros reconozcan que nuestro modo de producir y comer carne reduce no solamente a los trabajadores del matadero sino a todos nosotros a un estado retorcido, seremos capaces de producir el tipo de cambios que reducirán tanto el consumo de carne como nuestra culpa colectiva.
Pachirat dice que él ha cambiado como resultado de su experiencia, interesándose cada vez más en lo que llama “distanciamiento y ocultamiento”. Ahora quiere trabajar en esos temas en cuanto se relacionen con el encarcelamiento, guerra, tortura, ataque con aviones no tripulados y otras armas sofisticados que permiten el asesinato impersonal. Y es porque estas conexiones son coherentes que debemos examinar más cuidadosamente cómo criamos y matamos animales.
“No llegué a esto con la intención de concentrarme en temas animales”, me dijo. “Pero mi propia relación con el consumo de carne se ha transformado y ahora la olvidé completamente. El placer de conocer el sistema simplemente no vale la pena”.
Cuando todos conozcamos el sistema, más prisa nos daremos para cambiarlo.
15 de abril de 2012
13 de marzo de 2012
©new york times
cc traducción c. lísperguer